La convergencia tecnológica no es nada nuevo. Los que
tenemos cierta edad podemos recordar la fusión de la informática y las
telecomunicaciones a finales del siglo pasado (durante una época llamada
“telemática” en nuestro país), que quitó el sentido a términos antaño utilizados,
como por ejemplo “telefonía móvil analógica”. A partir de cierto momento todos
los servicios de telecomunicaciones
pasaron a ser digitales.
No obstante, en este primer cuarto del siglo XXI se
está produciendo un fenómeno de aproximación de distintas tecnologías aún
mayor, si cabe. Son campos de la ciencia que en épocas pasadas no parecían
tener ninguna relación aparente y que ahora están llevando a cabo una
interacción sin precedentes. Hablamos de la nanotecnología, la biotecnología,
las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) y las ciencias
cognitivas.
Este crisol en donde se vierten los cuatro componentes
está provocando una revolución en áreas de actividad tan distintas como la
construcción, el transporte, la agricultura, la medicina, la educación y el
arte. Apenas podemos empezar a vislumbrar las consecuencias de la convergencia
tecnológica pero las expectativas al respecto son impresionantes.
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